La historia cuenta que el expediente oficial de fundación del pueblo -iniciado en 1809- queda trunco, a partir de los sucesos acaecidos en mayo de 1810 en Buenos Aires.

En 1806, fracasa el intento de fundar una Ayuda de Parroquia que reuniera a los partidos de la zona; por lo cual, en 1808, los vecinos de La Matanza delegan en el activo comerciante Salvador Joaquín de Ezpeleta la responsabilidad de gestionar, ante las instituciones eclesiástica y civil, la fundación del oratorio: “…Los abajo firmantes, vecinos y moradores de los Partidos de La Matanza y Pajonal y de Laguna, Chilcas y Manantiales y Ceibas hemos convenido y convenimos en que se levante y edifique a nuestra costa una Capilla u Oratorio enfrente del Puerto de La Matanza a una distancia de un cuarto de legua… hemos creído oportuno conferir todas nuestras facultades y poder especial bastante cual de dicho se requiere y es necesario para más valer a Salvador Joaquín de Ezpeleta nuestro convecino…“.

El mismo Ezpeleta, dirigiéndose a las autoridades, describe el lugar: “El sitio en que se ha construido la Capilla, es alto, y predominante a una larga Campaña de su contorno: su circuito en la extensión de muchas cuadras, es un plano de igual altura, en que la ventilación y la frescura de los Ayres, es todo libre; pues los montes circunvecinos no les pueden impedir, porque están en lugares muy bajos: a las seis o siete cuadras de la Capilla corre el arroyo navegable de La Matanza cuya agua es la del Paraná, y de las lluvias, y su sanidad muy experimentada la fertilidad de los campos, la fortaleza y engorde de los pastos…“.
Al fin, luego de varias tratativas, el 13 de mayo de 1810 se lleva a cabo la bendición y primera Misa del Oratorio.

Pero, ¿cómo fue la inauguración?

En el año 1954, el Padre Gregorio Spiazzi recrea, de forma brillante y en base a datos fidedignos, los esfuerzos llevados a cabo por Ezpeleta, a la vez que contextualiza el transcurso de la solemne celebración:

El edificio del oratorio está terminado y emplazado donde está construida ahora la casa parroquial.

D. Salvador de Ezpeleta se apresura a elevar una nota al Teniente de Gobernador y Subdelegado de Real Hacienda de Santa Fe, poniéndole al corriente del hecho y pidiéndole licencia para entregar al servicio público la nueva capilla. La nota está fechada en Junio de 1809.

Al mismo tiempo, se dirige a un amigo que tiene en Buenos Aires, D. José Antonio Picassarri, encargándole la adquisición de ornamentos y útiles necesarios para la capilla. Este le contesta, con fecha 27 de noviembre del mismo año, expresándole que tiene comprados y listos en su poder los objetos solicitados. La lista comprende lo más elemental para el servicio religioso: ornamentos, cáliz, candelabros, un crucifijo con peana, dos campanas de cinco arrobas cada una. Hay también “una imagen en lienzo de N. S. De Aránzazu para colocarla en un marco decente“.

Los vecinos, por su parte, labran un acta, con fecha 8 de Febrero de 1810, por la que se comprometen a mantener a su costa “en todo lo que fuese necesario” al capellán que los asista en el oratorio.

El Obispo, detallista y meticuloso, no se deja impresionar por vagas promesas. Rechaza el acta, porque no va “con las solemnidades debidas, y con aquella fianza que indicaba el penúltimo auto de Su Ilustrísima“.

Los vecinos se apresuran a rehacer el documento. Y con fecha 26 del mismo mes, lo elevan a Su Señoría. El acta va labrada ahora con todos los requisitos de ley. Por ella, los vecinos que la firman se comprometen y obligan a “dar y pagar en buena moneda de plata sellada, y no en otra cosa ni en especie, la cantidad de doscientos pesos anuales, por vía de Capellanía y renta para la manutención del sacerdote que entrase de capellán“, satisfaciendo cada uno a prorrata, todos los años, hasta que el oratorio sea elevado a Viceparroquia, pues hasta entonces, y no más, se obligan.

Para desvanecer las últimas prevenciones del Sr. Obispo, por la misma acta D. Salvador de Ezpeleta se constituye fiador, haciendo propia la deuda ajena y obligándose a pagar a su costa la renta del capellán, en caso de que los demás no lo hicieren.   Con estas garantías, el Sr. Obispo dicta un oficio, a 17 de Marzo de 1810, autorizando la bendición, uso y ejercicio del oratorio. Y pocos días después, el 24 del mismo mes, da también su aprobación el Virrey D. Baltazar Hidalgo de Cisneros.

La bendición e inauguración del oratorio tiene lugar el 13 de Mayo de 1810. Es Domingo. Viene para el acto el Cura propio de la Bajada del Paraná, Dr. Antolín Gil Obligado, (tío abuelo del poeta Rafael). El doctor Gil Obligado bendice el oratorio “según la forma del Ritual Romano“; y deja constancia de ello en un acta estampada en el primer libro parroquial de bautismo. El nuevo oratorio funcionará como filial del curato de Ntra. Sra. Del Rosario de Paraná, y bajo su inmediata jurisdicción.

Es una fiesta grandiosa, que dura varios días. Vienen los pobladores de todos los pagos comarcanos: de Chicas, Pajonal, Los Quebrachitos, Laguna del Pescado, Rincón de Nogoyá.

Vienen también vecinos de Paraná, de Nogoyá, de Gualeguay.   Sobre el cerro, alto y despejado, se perfila la silueta de la capilla, con sus paredes terrosas, su techo de paja a dos aguas, su cruz de palo en el mojinete frontero, sus dos campanas de cinco arrobas cada una, que llaman al culto divino.

En los alrededores se alinean carretas con las yuntas desuncidas, carretillas, caballos enjaezados o atados a los lazos.

Grupos abigarrados y pintorescos entran y salen por la puerta principal del oratorio, y se derraman en las afueras: damas pudientes, con suntuosos vestidos y rebozos de largos flecos; modestas paisanas, envueltas en ropas claras de zaraza; ricos hacendados, con la opulencia rumbosa y un poco rústica de los trajes vistosos; peones de estancia, rayando el suelo con la estrella de las grandes lloronas; algún hidalgo lugareño de ceñido levitón y negra corbata, abierta en alas sobre la pechera de albura impecable. Vénse lucir ponchos y chiripas; anchas fajas vascongadas, rojas o azules, ceñidas sobre pantalón de pana; linajudos sombreros de copa cilíndrica, y rozagantes pañuelos sujetos con vincha a la cabeza.

La alegría popular se unge de fervor religioso. Van a postrarse a los pies de la nueva Patrona, a rezarle por sus muertos, a confiarle con fe ingenua y ardiente las necesidades y angustias, a implorar su protección todopoderosa. Muchos ojos se nublan, rememorando el viejo y lejano santuario frecuentado en la infancia.

Don Antonio Gil Obligado permanece en la Matanza hasta principios de junio, como se deduce del libro de partidas de defunciones. Hay bautizos, Don Salvador de Ezpeleta alza el primer ahijado, junto con su esposa Doña Justa Rodríguez.

Cuando los concurrentes se dispersan, sienten que algo entrañable los une ahora al partido de la Matanza.

Frente al oratorio ven diseñarse el cuadro amplio y debrozado de una plaza. Hay calles trazadas a cordel. Un breve caserío escaso y disperso, va surgiendo aquí y allí, como en ansia de unidad. Y los ojos se quedan absortos, como ante la expectación de un milagro.

A la derecha y hacia los fondos del oratorio se tiende el campo santo. En esa tierra bendecida, rodeada de un cerco de palo a pique, y a la sombra de una gran cruz de ñandubay, vienen a dormir su sueño definitivo los que se despiden de la vida.

El día primero de Junio traen al primer finado del pueblo de la Matanza. Es una párvula, María del Carmen, hija de los esposos Juan Antonio Villar e Isabel Antúnez. La entierran de limosna, con oficio menor rezado.   Es la primera pobladora de ese otro pueblo que se va formando junto al pueblo de la Matanza.   Y desde ese día los dos pueblos van creciendo casi a la par: uno con los que vienen, y el otro con los que se van.

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