Farolitos de colores
Escribe: Sergio Gioacchini
Director de la editorial Ciudad Gótica

    Cuando venís por calle Córdoba, cruzás la hermosa placita y entrás por la cortada a la biblioteca, te das cuenta de que en ningún lugar del mundo encontrás belleza y aromas similares, que sólo pertenecen a una ciudad, Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. Sin embargo, la jornada del 18 de junio, se vistió de fiesta y un trozo querido de la cultura entrerriana, coronó a la biblioteca, y la transformó en una explosión de música, colores y fiesta.

{rokbox thumb=|http://victoriaglobal.com.ar/Imagenes/terrordocorso/culturarosariovictoriach.jpg| title=|Los músicos victorienses Franco Giaquinto y Marcos Pereyra en acción.| album=|rosariovictoria|}http://victoriaglobal.com.ar/Imagenes/terrordocorso/culturarosariovictoria01.jpg {/rokbox}

{rokbox thumb title=|El actor Hugo La Barba interpretando un monólogo sobre la inmigración.| album=|rosariovictoria|}http://victoriaglobal.com.ar/Imagenes/terrordocorso/culturarosariovictoria02.jpg {/rokbox}

{rokbox thumb title=|El entrañable Raúl Pedemonte y Silvia Villarreal condujeron cálidamente el evento.| album=|rosariovictoria|}http://victoriaglobal.com.ar/Imagenes/terrordocorso/culturarosariovictoria03.jpg {/rokbox}

{rokbox thumb title=|El público agradeció con emotivos aplausos cada expresión cultural.| album=|rosariovictoria|}http://victoriaglobal.com.ar/Imagenes/terrordocorso/culturarosariovictoria04.jpg {/rokbox}

   Es que la hermosa gente de Victoria estaba armando otro puente, un puente que es anterior al físico, al de hormigón y acero, y que no fue necesario decenas de políticos prometiendo para que su construcción sea una realidad. Ese puente es cultural, y es el nexo que existe desde hace años y años y que ha hermanado a estas dos ciudades amigas más allá de toda frontera física.
   La biblioteca Argentina, junto a la Hemeroteca y a la Sociedad Filantrópica Terror do Corso, habían organizado una muestra de cultura victoriense en su sala de lectura. Espacios para las artes plásticas, la historia y literatura, eran recorridos por cientos de visitantes que se emocionaban ante tamaño despliegue de talento y amor por su tierra. Victoria es una tierra plural, generosa, única. Podríamos decir que no parece Entre Ríos, y menos Santa Fe. Parece un pequeño cosmos exótico y pintoresco, nacido y criado por la propia fuerza, amor y talento de sus hijos pródigos. Hablar con cualquiera de ellos, en cualquier parte del mundo, te muestra su carácter único, su amor incondicional a ese trozo de tierra que los vio nacer y crecer.
   Luego, Raúl Pedemonte y  Silvia Villarreal, dos banderas, dos voces que desde los palcos del carnaval y ahora del púlpito de la biblioteca, nos recibían en la sala de lectura y nos metían de lleno en otra realidad y las paredes del edificio parecían desaparecer y te sentías bajo esa otra luna, la misma y a la vez distinta, que brilla en los prístinos cielos de la ciudad de las siete colinas (que no es Roma, te digo). Música litoraleña de la mano de Franco Giaquinto y Marcos Pereyra , nos llevaron a otro ritmo de vida, a otro latir del corazón, un son que tiene más que ver con el paso del agua del río entre los juncos y los camalotales, con el cantar solitario de un pájaro coronando las altitudes de un sauce, con el tranquilo reflexionar del pescador dentro de su embarcación. Chamamé, chamarrita y otras palabras mágicas que rescatan dentro de todo ser humano que se precie de tal, una añoranza por ese ritmo natural, aluvional, que hacen de la locura urbana y la lucha desmedida por el poder, una sinrazón y una paradoja para el deseo de libertad y felicidad.
   Luego, y bajando de un barco (y no cualquiera, el Principesa Mafalda, barco en el que mi abuelo Giuseppino cruzó el océano a los tres años de edad junto a su madre y a su padre que había pasado catorce años en el ejército italiano y que juró nunca más volver) apareció el actor Hugo La Barba deleitándonos con una recreación de cómo se iba poblando y acomodando esta tierra bendecida con la fertilidad, el agua dulce y el clima benigno. Inmigración, cómo no contar de ella cuando hablamos de las orígenes fundacionales de nuestra grandeza y de nuestra forma tan particular de ser.   De repente, y suavemente, como viniendo de lejos, de la mismísima plaza San Martín de las siete colinas, el sonido de los tambores, los repiques y las cuicas, empezaron a colmar el cielo libre de paredes y frontispicios, y el carnaval, el más sentido carnaval, el que sale de las entrañas atávicas del pueblo victoriense, se hizo presente a través de algunos de los miembros originarios de la scola Terror do Corso, y la fiesta brilló en todo su esplendor. Música, curvas excelsas de Fernanda Balbi, y sobre todo, farolitos de colores, iluminaron la noche rosarina, se elevaron y sonaron armónicos y felices por sobre la nutrida concurrencia que movió la comisura de sus labios en una sonrisa y una felicidad que ya no parece encontrarse fácilmente.
   Que es lo que hace que un pueblo pueda transmitir tanta emoción, tanto ritmo, tanto arte, es un misterio. Quizás sea porque se lo mama de chico, o porque está en la roja y caliente sangre de los victorienses, quizás sea el agua que se bebe, los ovnis que la visitan, o quizás sea alguna fuerza mística, que a los que vamos a espiarlos, a gozar junto a ellos de la fiesta, no llegue a tocarnos abiertamente. Quizás el misterio sólo sea amor, alegría, locura festiva. Pero luego de haber presenciado una pequeña puntita de su magia en la muestra del 18 de junio, en la rosarina biblioteca Argentina, frente a la plaza Pringles, viniendo por el paseo de la peatonal Córdoba, te das cuenta de que Victoria está más cerca nuestro de lo que sospechábamos, que son nuestros locos y bellos y artísticos hermanos de la margen eterna del Paraná, del otro lado del río que nos vio nacer y desarrollarnos a todos, de un lado y del otro, como seres únicos e irrepetibles.
   Celebremos esta genial ocurrencia, que se repita y se multiplique. Los pueblos necesitamos unirnos porque esa es la ley primera. Que así sea.