El triciclo

    Yo era un niño. Quizá tendría unos cinco o seis años. Mi pasatiempo favorito era dar vueltas, sobre el triciclo, en torno a un viejo laurel de jardín que había en el patio de mi casa.
    Mis desvelos no transitaban por otros carriles. El juego y el cariño de mamá. Al lado de ella, la figura segura, respetada, querida, de mi padre. Mis hermanos eran mayores que yo. Eso habría una especie de abismo entre ellos y yo. Sólo una caricia en la cabeza o en la mejilla y a otra cosa.
    Vueltas y vueltas daba en torno al laurel. Cuando las flores comenzaban a caer, causa invariable de los reniegos de mi madre, el andar se hacía más pesado, más lento. Era como si estuviera atravesando un médano en el que la arena dificultara el avance. En cambio, y era la mejor época pienso, cuando las flores aún estaban en los gajos del árbol, con ese colorido rosáceo que contrastaba con el azul del cielo, mi tránsito arriba del triciclo se hacía fluido, veloz. Era como si estuviera encaramado en una motocicleta de esas que veía dibujadas en el Tit-Bits, y acelerara y disminuyera la marcha, sintiéndome uno de esos personajes que mi imaginación niña creía conocer aunque no alcanzara a leer lo que decían en las tiras de la revista.
    Una de esas mañanas, en que como siempre andaba montado en el triciclo, vi movimientos desusados en casa. No supe qué pasaba. Nada, nada pasa, creo que me dijo mi madre. Pero no era habitual. Sólo alcanzo a recordar, con el tiempo se hacen vagas las imágenes, que se me dijo que dejara tranquilo el triciclo y me pusiera a hacer alguna tarea en un cuaderno de dibujo.
    Obediente, lo hice. De reojo, a eso lo tengo bien grabado en la memoria, miraba el triciclo y añoraba mis andadas sobre él, pedaleando y maniobrando con destreza en las curvas que cada vez se hacían más cerradas en torno al laurel. Pero debía obedecer las órdenes porque algo no estaba en orden.
    Lo supe a la tarde cuando mamá y papá se pusieron la ropa dominguera y salieron. Uno de mis hermanos creo que fue quien me dijo que había muerto un tío. La muerte, para mí, era algo desconocido. Un accidente más, sería en la vida de un chico como entonces era yo. ¿Y por una muerte se me privaba de andar en triciclo? Cosas de los grandes sería. Y había que aceptarlo.
    Pasó el tiempo como pasa todo. Y la muerte, de otra forma, me tocó en otras ocasiones. Uno, con el correr de los años se acostumbra a esa compañera inseparable, como nuestra sombra, que va siempre al lado de nosotros. Hubo lutos rigurosamente guardados, con el brazalete negro en la mano izquierda, con una tira negra pegada en el ojal del saco. Hubo algún llanto. Y a seguir adelante. Porque, como cuando era chico y daba vueltas en torno al laurel, montado en mi triciclo, la vida debe continuar. Siempre lo oí decir a los mayores. Y cuando uno se hace mayor aprende que es así. Hay que hacerle frente a las contingencias y continuar, continuar…
    Me fui de la ciudad cuando tuve que arreglármelas solo para abrirme paso en la vida como me dijo mi padre cuando me despidió en la estación del ferrocarril. Y sí, debía abrirme paso. Lo hice en Paraná. En un negocio, con la consideración y el respeto del propietario que a los seis meses me había aumentado el sueldo “por el empeño puesto en el trabajo” dijo pomposamente.
    Después seguía andando. Como cuando lo hacía en el triciclo. En Rosario me empleé en una cooperativa y como traía buenos antecedentes y no era malo para el trabajo, también logré un ascenso y unos pesos más. Hasta me di el lujo en algunas oportunidades de girarle una ayuda a mamá. A esa altura de mi estada en Rosario, mi padre había muerto y mamá, apenas si gozaba de una magra pensión por los aportes que había hecho papá como empleado de la municipalidad.
    Siempre sentí una atracción especial por visitar los cementerios. No sé por qué pero el ver los monumentos, las grandes tumbas, las lápidas con inscripciones a veces grotescas, otras emocionales, algunas esperanzadas, varias escépticas ante el final de todo lo que camina. Y, entre los recuerdos lejanos, algunos panteones con puertas con vidrios transparentes que dejaban ver los féretros, las mantillas con bordados sobre la madera, y en algunos casos, alguna momia que, desde detrás del vidrio, transmitía miedo, pavor y a veces, repulsión.
    Cuando ya estaba radicado en Buenos Aires visité muchas veces La Recoleta y otras tantas La Chacarita. ¿Espíritu necrófilo el mío? No lo creo. Curiosidad, simple curiosidad.
    Tal vez inculcada, inconscientemente, cuando a mis cinco o seis años, por primera vez me golpeó la muerte privándome de mi juego favorito: dar vueltas sobre el triciclo en torno al laurel del patio de mi casa. De esa etapa en Buenos Aires data mi afición por la lectura de la Biblia. Contribuyeron unas charlas que escuché en los Cursos de Cultura Católica y que me impresionaron mucho. Me compré un ejemplar de la Biblia y lo leía a la buena de Dios. Es decir, abría en cualquier página, y allí me sumergía. Es claro que no era lo más apropiado, pues se requiere, según pude saberlo después, una lectura ordenada, para comprender el plan divino, como dijo un jesuita en una de las charlas a las que asistía.
    Volvía de una de mis habituales visitas a la Recoleta, donde me había detenido para ver en detalle el peristilo, había recorrido sus calles interiores y admirado las obras de arte que se encuentran en muchas bóvedas y me había impresionado por la variedad de estilos arquitectónicos que existe allí, cuando, como era habitual, tomé la Biblia y la abrí al azar.
    Justo en el Eclesiastés leí: “Palabras de Cohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! -dice Cohélet- ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?”. Y me di cuenta de que acababa de regresar de un lugar donde todo es vanidad, el peristilo, las calles, las bóvedas, las obras de arte, y más adelante encontré escrito en el mismo libro:

       “Todo tiene su momento, y cada cosa
       su tiempo bajo el cielo:
       su tiempo el nacer,
       y su tiempo el morir”

    Pura vanidad. Somos polvo y al polvo debemos ir. La muerte tiene su tiempo y en tiempo de una muerte tuve que dejar mi triciclo porque algo no común había pasado. El halo de la muerte había sacudido mi casa y el viejo laurel seguía igual, y el triciclo también porque no era su tiempo.
    Abandoné entonces mis visitas a los cementerios porque todo allí era vanidad. Los muertos estaban muertos. Polvo estaban hechos. Sumidos en el polvo del que habían nacido. Ya me tocaría a mí seguir ese camino. Todo en marcha, como cuando daba vueltas y vueltas en el añorado triciclo.
    Tuve que regresar a la Chacarita para acompañar a un amigo. Juan Elpidio González, compañero de trabajo y con quien compartíamos las salidas los fines de semana me pidió que fuera con él pues debían reducir los restos de su padre que había muerto hacía cuarenta años y debía dejar libre el nicho en que estaba colocado el féretro. No me gustaba la idea pero, por encima del gusto, estaba la amistad. Y acepté acompañarlo.
    En el trayecto me contó que su padre había muerto de un ataque al corazón. Que lo habían colocado en el ataúd y sobre su pecho, Rosa, la hermana menor de mi amigo, le había colocado una rosa roja. Pensé en que veríamos el polvo de los huesos del padre de Juan Elpidio. Y me imaginé la rosa, mustia, o, más que mustia, desaparecida porque todo tiene su tiempo en el tiempo, recordaba las palabras del Eclesiastés.
    Fue un trabajo lento, en que los empleados encargados de exhumar los restos del cadáver, trabajaban con desgana, acostumbrados a esos menesteres, como una cosa habitual.
    Yo sentía una aprensión ante lo que veía. Pero por amistad y no por gusto, participaba de la ceremonia. Pobre papá, creo que dijo mi amigo, debe ser puro polvo. Lo colocaremos en una urna y listo. Listo sí, pensé. Miré los monumentos de La Chacarita y pensé en La Recoleta y hasta en el cementerio de mi pueblo, allá, entre lomadas, en Entre Ríos. Pura vanidad. Las palabras del Eclesiastés rondaban en mi mente.
    Cuando destaparon la caja y quedó a la vista el interior mi amigo se aferró fuertemente a mi brazo. Y yo no pude acallar una exclamación.
    Allí, entre las puntillas roídas del interior, estaba el cuerpo del padre de mi amigo. Intacto, con el rostro cadavérico sí, de un color aceitunado los ojos cerrados, un poco de barba en el mentón, los cabellos cenicientos y, lo que parecía cosa de no creer y no lo hubiera creído si me lo hubieran contado, era la flor. Una rosa roja, intacta, como recién arrancada, estaba sobre el pecho del cadáver. Cuarenta años hacía que el padre de Juan Elpidio González había muerto y que la hija, de nombre Rosa precisamente, le había colocado esa flor sobre el pecho. Y allí estaba. Lo taparon enseguida y lo volvieron al nicho.
    Salimos. Sin hablar. Nos despedimos en silencio. Regresé a la pensión y sentí que algo no encajaba en todo esto. Hay un tiempo para cada cosa. ¿Cuál era el tiempo de la rosa? ¿Cuál el tiempo de los muertos? Será que todo sigue y sigue girando… El triciclo y el continuo pedalear y el girar y girar en torno al laurel. ¿Cuándo uno realmente se detiene? Vanidad y vanidad y vanidad. El mundo sigue. Y a los muertos hay que dejarlos en paz, tal vez. ¿Milagro lo de la rosa? No sé. A esta altura, solo, he decidido pedir que me admitan en un monasterio cistercense. Debo prepararme porque mi pedalear, mi andar sobre el triciclo me acerca cada vez más al gran misterio, a ese que nos acompaña desde que nacemos, que es como nuestra propia sombra y del cual, si es verdad lo que dice la Biblia, cuando sea el tiempo, regresaremos.

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