Desde 1991 a la fecha, ha cobrado impulso en Victoria un curioso fenómeno, del que se tiene conocimiento desde  tiempos remotos: la observación de Objetos Voladores No Identificados.
La tradición oral, mezcla de realidad y superstición, relata la aparición y desplazamiento de extrañas luces en el cielo nocturno desde épocas antiguas.

 

Tal es la trascendencia del fenómeno que a principios de los 90′ se forma el grupo de investigación “Visión OVNI”, liderado por la investigadora Silvia Pérez Simondini y más tarde, en enero de 2005, abre sus puertas el llamado “Museo OVNI“, con la finalidad de informar al público en general sobre las investigaciones realizadas.

 

A poco tiempo de abrir el museo, Silvia y su hija Andrea tienen una grata sorpresa: el reconocido investigador, Nicolás Ojeda, les cede todo su material ufológico, recolectado a lo largo de más de 40 años de investigación.

Desde el comienzo, las personas que tienen algún tipo de experiencia o avistamiento encuentran un lugar adecuado donde contar su experiencia, como así también descubren un ambiente propicio para indagar sobre mayor información, ya que en el museo pueden apreciarse fotografías, libros, revistas y videos sobre la temática OVNI, a la vez que observar materiales venidos desde el espacio.

Además de haber tenido contacto visual con el fenómeno en innumerables ocasiones, Simondini es investigadora de campo, y cuenta con la colaboración de varios profesionales de diversas áreas en el análisis de materiales que son recolectados en los lugares de avistamiento.

Una obra enigmática

Una obra inquietante -escrita en el año 1956- es la que plasma el sacerdote Gregorio Spiazzi, bajo el seudónimo “Martín del Pospós”, en su libro “El País de los Chajás”, que describe la vida de los isleños en el delta del Paraná:

“… Regresa ahora la barca cazadora, navegando aguas arriba por el arroyo de la Camiseta.
Los barqueros, sentados en la borda, con el busto rudamente encorvado, han vuelto a concentrarse en un mutismo ríspido, sombrío, cortado tan sólo de tarde en tarde por algún diálogo monosilábico, que se disuelve enseguida.
De pronto Don Quelo señala con el brazo pesado, a la distancia, sobre la costa, un resplandor escarlata.

-¿Ven?
-Vemos…
-¿Un jogón?
-Se me hace qu’ ej’ una luz…
-Continúan en silencio.

Al quebrar una vuelta del arroyo, junto a un embalsado de lampazas y aguapés, la embarcación se detiene.

Don Quelo clava verticalmente el cuchillo en el castillete de proa y observa, haciendo mira con la hoja inmóvil.

-¿Se mueve?- inquiere expectante Don Tano.
-No se mueve.
-Entonces ha de estar adentro di una ranchada. 
-Po’ estos laos no hay denguna ranchada- afirma Don Cleme.
-No hay denguna ranchada- ratifican, a par, Don Tano y Don Quelo.

La luz es viva, con temblores de cobre, redonda como un globo, y semeja que estuviera suspendida en el aire, a pocas varas del suelo, sobre el fondo opaco de la noche.
A medida que avanzan, diséñase más clara y más nítida. Las pupilas de los barqueros brillan con extraña ansiedad, en la oscuridad, como en la estupefacción de un misterio.

-Tiene color de sangre- asevera Don Tano.
-Tiene color de sangre- corrobora, hosco y amargo, Don Severo.

Hay una pausa, un silencio lúgubre, cual si de repente sintieran todos el vuelo de un pájaro agorero, que pasara rozándoles las sienes.
La embarcación se desliza leve y tranquila, arrimada a las tapias de la costa. Las varillas remedan en las bandas sones glaucos. Los estrobos de los remos, el frisar en los toletes, tienen un quejido de sollozo.
De súbito, la luz levántase en la noche, cual si alguien la soltara. Mantiénese así, quieta, unos instantes. Y luego, en vuelo velocísimo, recorre el contorno de la laguna; y, en llegando al punto de partida, sumérgese como un pantallazo en las aguas, y se esfuma por completo.
Don Quelo se santigua. Don Tano se santigua. Don Cleme se santigua.

-Anima bendita que andas penando, Dios te haiga perdonao- susurra con voz solemne Don Severo, santiguándose también…
Pasan ahora frente al sitio en donde se encontraba la luz.
Ningún rastro de lo ocurrido: ni huella de persona en el barro de la costa, ni resto de fogón.

-Lo mesmo se vido antes de la gran creciente del catorce- advierte Don Severo.

Y continúa, cual si ante sus ojos se descorriera el velo de una vieja pesadilla:

-Lo estoy viendo patente toavía…………..

Había sido una noche como ésta.
El cielo estaba oscuro; el río estaba oscuro; la isla estaba oscura.
Don Severo encontrábase a bordo de una lancha pescadora, de las que trasmallan en la noche alta, cuando el pescado grande sale de caza.
Eran seis varones, todos de temple y correa; hombres de agua y de isla.
Los nocturnos pescadores habían calado el mallón de tres telas y descendido a tierra; en donde encendieron un fuego al reparo de la barranca.
De pronto, parecióles sentir un rumor de pasos apagados de alguien que cruzara junto a ellos; y, al mismo tiempo un gemido lastimero, como de una persona que llorara.
Sin embargo, ni un tallo se movía en la maciega inmóvil; y, al resplandor de las llamas, veíanse tan sólo los seis pescadores sentados en el suelo, mientras tomaban mate y atizaban las brasas.

Levantáronse a observar… Y he aquí que por el río adelante vieron que venía avanzando, a velocidad inaudita, una lancha pesquera, que enarbolaba al tope del mastelero, como una bandera roja, un globo de luz potentísima.
No se oía ruido de motor, ni batir de remos ni de palas. Pero el globo rojizo coloreaba todo el río con reflejos sanguinolentos, y encendía hasta muy lejos las grandes soledades de la noche.
Sobrecogidos de sorpresa, corrieron a levantar el mallón para dejar paso franco a la extraña embarcación.
Pero apenas terminaron de recogerlo, en el momento en que la potente luz parecía que iba a echárseles encima, bañándoles el rostro y deslumbrándoles la vista, apagóse de súbito. Y no se vió más ni se oyó nada más en toda la noche…

No estaban dormidos ni borrachos. Eran seis varones de agua y de isla. Y cada uno podía jurar que sus ojos no lo habían engañado”.

A comienzos de la década del 90, la gran cantidad de avistamientos originó que los medios de comunicación nacionales e internacionales se hicieran eco de los testimonios registrados por sus colegas locales, quienes en varias oportunidades obtuvieron sorprendentes imágenes audiovisuales de los sucesos.
Actualmente, investigadores de campo locales continúan recolectando evidencias de la existencia de los misteriosos objetos celestes.

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