Carlos Sforza

    Nació en Victoria (Entre Ríos) en 1933.

    Es académico correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo, miembro activo de la Sociedad Católica de Filosofía; fue presidente y congresal nacional de la Sociedad Argentina de Escritores, Seccional Entre Ríos. Es miembro correspondiente del Instituto “Hugo Wast”, miembro del Centro de Estudios latinoamericanos y socio activo de gente de Letras de Buenos Aires.
    De las numerosas distinciones que ha recibido, mencionamos algunas:
– Mención Concurso Literario de Obras Éditas de la Municipalidad de La Matanza (Buenos Aires), por la novela “La rueda”
– Primer Premio de la Secretaría de Cultura y Educación de Entre Ríos, Concurso provincial de Obras Éditas, género cuento, por “De casas y misterios”
– Primera Mención Especial (género cuento) en el Concurso Nacional de la Asociación de Escritores Argentinos, por “Muerto sin dueño”
– Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por “Cuentos de La Matanza”
– Premio Literario Fray Mocho de la Provincia de Entre Ríos, género ensayo, y Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y Faja Nacional de Honor de la Asociación de Escritores Argentinos, por “Luis Gorosito Heredia y su catarsis fluvial”
– Faja Nacional de Honor de la Asociación de Escritores Argentinos, por “La culpa la tuvo el cuento”
– Premio Santa Clara de Asís por su trayectoria Literaria y Periodística

La casa antigua

    La casa esa debía ser, si no la más antigua, una de las más antiguas en el pueblo. Apenas habían transcurrido 38 años desde que el Cura de la Bajada del Paraná, Antonio Gil y Obligado, celebrara la primera misa un 13 de mayo de 1810, cuando ya se había terminado la construcción.
    Yo la había visto de paso. Sin ochava era la casa. De gruesos ladrillos asentados en barro pero de una consistencia que mucho hormigón armado moderno desearía tener. La fecha lucía sobre una reja, en forma de arabesco, con volutas, que estaba encima de la puerta de entrada, sobre una de las dos calles que ocupaba la casa: 1848. También lucía el año en fierro forjado. Las ventanas eran de una seguridad a prueba de ladrones y salteadores. Hierro trabajado tenían las cuatro ventanas amplias del lado de la puerta de entrada. Hierro trabajado tenían las cuatro ventanas amplias del lado de la puerta de entrada. Hierro trabajado las tres restantes que daban sobre la otra calle. La esquina, sin ochava dije, era como cortada a cuchillo.
    Dicen que en este pueblo, en los años cuarenta del siglo pasado, y en estos pagos también, se vivió la violencia como en muchos otros lugares de la provincia. Los asientos parroquiales anotan muertes violentas en el campo, en las orillas de los arroyos y hasta en el pueblo mismo, aunque éstos casi siempre fueron fusilados.
    No sé por qué asocio eso que leí por ahí en las crónicas del pueblo, con la casa de 1848. Yo me imagino que para entonces, apenas si habría pocas construcciones en el pueblo incipiente que comenzaba a crecer en torno a la plaza, el oratorio, la comandancia.
    La casa está a unas diez cuadras del lugar. En cierta ocasión, por esas coincidencias que suelen darse, vi el título de propiedad original. Decía algo así como “Primera clase – Medio Real. Para el Bienio Tridécimo. Gobierno Constitucional de Entre Ríos. 35 y 36 de la Libertad. 1845 y 1846. ¡Viva la Confederación Argentina! Mueran los Salvajes Unitarios. Juzgado de la Victoria. 10 de abril de 1845…”. Ignacio Espíndola firmaba el documento. Lo perdí de vista. Pero supe, con certeza absoluta, que ese documento se refería a esta última casa de las primeras construidas en el pueblo.
    Todos esos elementos: el ver el año, el saber que era de las más antiguas (si no la más vieja) de las existentes, el haber visto y perdido de vista el documento que fue el primer título de esa propiedad datado tres años antes de la terminación, me indujeron a conocer por dentro lo que para mí era pura fachada y una serie inconexa de datos.

    El 18 de marzo de 1840 José María Britos y Tomás Santa Cruz, ambos casados, murieron de puñaladas en el campo. En junio del mismo año, se asentó en los libros parroquiales, un correntino murió de lanzazos en el campo. Y el 8 de agosto, también del mismo 1840 y en el campo como los anteriores, José Lorenzo López, casado con María Escobar, murió degollado.
    Comenzaba la década del cuarenta y las muertes se enhebraban una tras otra. Fue entonces cuando Leoncio Carranza, que vivía en el campo, soltero y sin compromisos, era hombre agalludo y de larga fama, decidió venirse al pueblo. Crecía la incipiente ciudad con paso lento. El primitivo oratorio era apenas un rancho con algunas mejoras; a su vera estaba el cementerio, la plaza, la comandancia, las casas de los primeros pobladores que se habían arracimado para formar el cuadriculado del poblado puesto bajo la advocación de la Virgen de Aránzazu. Los vascos, que eran unos cuantos, encabezados por el guipuzcoano Ezpeleta, así lo habían determinado apoyados por otros lugareños.
    Las muertes en el campo, violentas todas, decidieron la cosa. Algunos decían que Leoncio Carranza algo tenía que ver con esas muertes. En la ciudad parecía como querer sentar cabeza o echar al olvido, si es que algo tenía que echar al olvido, de su vida en el campo. Cuando llegó al pueblo lo primero que hizo fue adquirir una finca no muy cerca de la plaza pero, con sentido de equidistancia, no muy lejos tampoco.
    Don Francisco Arce era entonces Comandante Militar del pueblo, otro guipuzcoano como Ezpeleta. Cuando la casa hubo de ser terminada, esto es en 1848, el cargo lo ejercía el Coronel Casto Domínguez que luego en Caseros, dirigió la División Victoria junto a las tropas de don Justo. Y fue entonces cuando Leoncio Carranza, habiendo adquirido la finca, hizo construir su casa. La amuralló bien. Eran épocas de violencia y había que tener todo en condiciones para cualquier cosa que pudiera acontecer. Hombre precavido, como que había sorteado peligros en el campo violento del departamento, Carranza enrejó fuertemente las ventanas de la casa. Siete ventanas tenía la casa. Cuatro por un lateral, dos a cada lado de la puerta de calle; tres en el otro lateral que daba a otra calle de tierra como eran las de los aledaños entonces.
    Adentro, el hombre venido del campo amuebló las habitaciones con sobriedad y gusto. Patacones tenía Carranza a estar a la construcción fuerte, sólida y amurallada que hizo. Y también a los muebles que en carreta trajeron de Santa Fe por la Bajada del Paraná. Dos criados o guardaespaldas o quién sabe qué, lo asistían. Y una negra, que había cruzado a Gualeguaychú bajando del Brasil y había terminado en el pueblo, que era la cocinera y lavandera y limpiadora. Aparte, un conjunto de muchachitos que comían en la cocina del fondo y servían para los mandados pero que no pasaban la noche en la casa.
    De qué vivía Leoncio Carranza, los vecinos no lo sabían ni se lo preguntaban. Era un hombre de fortuna, a la vista estaba. Y pare de contar. A veces, en algunos corrillos, se hablaba de los campos y cómo los había obtenido. Pero un temor que silenciaba los labios, caía siempre sobre el resto de la historia no conocida en detalles.

    Cuando logré entrar en la famosa casa antigua, los propietarios eran un matrimonio viejito, jubilado él del ferrocarril y ella ama de casa. No tenían hijos. Apenas si sabían que era la casa más vieja (o de las más viejas) del pueblo. Fueron atentos al hacerme pasar al interior. No entendieron bien, ni interesaba que entendieran, el motivo de mi interés. Que, por ser un curioso empedernido, me lleva a buscar lugares y cosas que por una u otra causa, atrapan mi atención.
    Me sorprendió lo fuerte que parecía la construcción que era más que centenaria. Para llegar a la puerta de entrada debí subir una alta vereda toda de piedra. Una gruesa argolla de hierro había clavada en la vereda. Allí se ataban las riendas de los caballos en épocas pasadas. Un llamador de hierro, con forma de martillo, lucía ennegrecido por la herrumbre en el costado izquierdo de la madera de la puerta. Un amplio zaguán, sombrío, daba acceso al interior. A la derecha había dos habitaciones vetustas; a la izquierda dos más. Y sobre la otra calle lateral, otras dos. La pieza de la esquina, sin ochava, tenía dos ventanas amplias y debía ser dormitorio en los tiempos en que comenzó a habitarse la casa. Ahora los viejitos la dedicaban a habitación de estar, con un calentador a querosene sobre una mesa pringosa y un sillón hamaca de mimbre y algunas sillas con rústicos almohadones.
    Una amplia galería en escuadra, circundaba la parte interior de la casa. Y un pozo, viejo como la casa, montaba guardia en el patio. Había un traspatio arbolado, con lo que antiguamente debía haber sido una especie de quinta y ahora solamente era un sitio donde crecían libremente las malezas.
    Las puertas y ventanas han sido construidas con maderas fuertes y a prueba de golpes y atropelladas. Lo mismo las trancas de hierro que cruzan las dos puertas que dan salida al patio y el grueso pasador de la puerta de calle.
    En el fondo, pasando apenas el pozo de balde, hay una piedra, gruesa y aplicada sobre el suelo con una leve inclinación. Advertí que tenía una especie de tosca inscripción. Pedí permiso al ferroviario y a su mujer y me incliné para tratar de leer lo que decía.

    Leoncio Carranza vio transcurrir apaciblemente su vida. En el campo seguían las muertes violentas con mayor o menor intensidad, aunque por entonces el señor de San José había impartido instrucciones definitivas para terminar con ellas.
    El aprecio de los vecinos rodeó a don Leoncio como ya le decían aunque no era de muchos años de edad. Su porte, su atuendo, la misma casa, le conferían por su propio peso el título. Él crecía en prestigio a medida a medida que los días sumaban en el desgranar del almanaque. Lejos estaban los momentos que viviera en el campo. Las figuras de José María Britos y Santa Cruz, del correntino, de tantos otros, se perdían en las tinieblas de un pasado que había enterrado para siempre. Ahora debía crecer con el crecimiento de la ciudad y la provincia y la Confederación que hasta Constitución tenía.
    Por supuesto que pese al paso de los años, nunca dormía con la puerta abierta. Personalmente comprobaba que todo estuviera en forma, las trancas colocadas, el pasador echado, las ventanas aseguradas. Recién entonces, se recogía en la pieza de la esquina, que carecía de ochava y se sumergía en el sueño. A veces el sueño no era tranquilo. Galopes de caballos, gritos en la oscuridad, lamentos de acuchillados, irrumpían en los meandros de su cabeza y le hacían vivir momentos ya vividos o presentidos.
    El último sirviente que entró a su servicio fue Agripino López. No sabía de dónde ni cómo, ese rostro un tanto aindiado, le resultaba conocido. Tanta gente he visto, se dijo. Y no le dio mayor importancia. Quizá ahí residió su error. Sobre todo, en un hombre como Leoncio Carranza que nunca cometía errores ni caía en deslices.
    Esmirriado era López. Servicial a toda prueba. Hasta cariño le había tomado el patrón que no era de hacer demostraciones afectuosas y siempre guardaba la debida distancia, según acotaba, con los sirvientes. Pero este Agripino era entrador. Y no lo midió lo suficiente.
    Una tardecita, cuando los azahares de los naranjos perfumaban el patio y el traspatio de la casa de 1848, mientras Leoncio Carranza estaba probando el agua fresca del pozo, como quien no quiere la cosa se le acercó Agripino López, con la cabeza gacha, como con vergüenza.
    Apenas si el patrón alcanzó a darse vuelta. Siete puñaladas le clavó el mozo. “Por los que mataste en el campo”, dicen los que escucharon que dijo. “Por mis tatas Lorenzo y María”, afirman también que agregó. Y ahí nomás, con el mismo puñal, se abrió las venas y cayó al pozo Agripino López.

    “Aquí fue muerto don Leoncio Carranza por el tape Agripino López. En su memoria se clausuró el pozo y se purificó el lugar. 10-X-1860.” Me levanté sin entender la inscripción. El pozo, no lo había advertido antes, efectivamente estaba clausurado. Una gruesa capa de ladrillos con barro y cubierto por una extraña mezcla, con lamparones de un verdín húmedo, cerraba el brocal. La vieja rondana, herrumbrada y sin uso, colgaba en el hierro transversal, arrinconada.
     Extrañamente, un olor extraño me invadió. Los naranjos, florecidos con sus azahares luminosos, enviaban ramalazos de perfume.
  -Para esta época llora el pozo -dijo el viejito.
  -¿Llora? -lo miré con ojos de asombro.
  -Sí -afirmó decidido- cuando los naranjos florecen filtra sangre el pozo. Dicen que siempre ha sido así. No sé. Yo lo he visto y mi mujer, la Pancha, también -su voz no temblaba, hablaba con seguridad, como quien dice llueve, mientras siente que el agua le cae encima.
    Miré con dudas al hombre. Y a la piedra con su inscripción a manera de lápida. El olor a azahares era más intenso. Y ahí fue cuando vi lo que vi y me dejó paralizado. De un costado del pozo, que estaba tapiado en toda su extensión y circunferencia y abertura, manaba lenta, seguramente, un líquido rojizo, espeso. Iba derecho a la piedra y era absorbido por los intersticios de los costados. Así estuve mirando como una eternidad. Después, el olor a azahares fue menos intenso, el líquido no salió más y la sonrisa del viejito me acompaño hasta que quedó lejos, invisible, la casa más antigua (o de las más antiguas) del pueblo.

Cuento: El triciclo

    Si bien la mayor parte de la obra de Sforza está constituida por obras de ficción, es también muy amplia su labor crítica. Sus ensayos son realizados con minuciosidad y rigor. Por ejemplo, al indagar sobre la vida y obra del Padre Spiazzi, -“Martín del Pos-Pós”-, el autor ha rastreado la documentación biográfica inicial en Villa San José, y ha manejado manuscritos inéditos y manuscritos de “El país de los chajás”, trabajo investigativo que se evidencia en el ensayo sobre el destacado escritor afincado en Victoria.
     En 2001 se estrenó el cortometraje “Muerto sin dueño”, basado en el cuento homónimo de Sforza, dirigido por Nicolás Ballistreri, y presentado en el I Festival Internacional de Cine para la infancia y la Juventud.
    La actividad periodística del autor, iniciada a muy temprana edad, ha sido desarrollada en diarios victorienses y también – como colaborador – en diarios y revistas de Paraná, Rosario, Córdoba, etc.
     En 2002 la Cámara de Diputados de la Nación sancionó una resolución que declara la obra de Sforza de “Interés cultural” por su valor y por considerársele un “cabal intérprete de la identidad y tradición literaria de la cultura entrerriana”.

Bibliografía:
– Izaguirre, Héctor César: Sforza, Carlos. Enciclopedia de Entre Ríos. Tomo VI. Editorial Arozena. Paraná (Entre Ríos), 1987.
 

Obras

Ensayos:
“Valoración del León Bloy”
“Comentario a Gabriel Marcel”
“Contenido vivencial de la poesía de Rosa Sobrón de Trucco”
“Martín del Pospós -Hombre. Sacerdote. Escritor-“
“Leonardo Castellani: un singular”
“Gaspar L. Benavento y su canto a Victoria”
“Luis Gorosito Heredia y su Catarsis fluvial”

Cuentos:
“Cuentos con niños”
“Historias de mi pueblo”
“De casas y misterios”
“De historias y sucedidos”
“Muerto sin dueño”
“Cuentos de la Matanza”
“La culpa la tuvo el cuento”
“Patio Cerrado”
“La rueda”
“Historias en negro y gris”
“Rostros del Hombre”
“Como a través del tiempo…”

Historia:
“Victoria -Historia de su templo-“

En obras colectivas:
“Cuentos con Curas”
“Muestra Literaria Departamental de Entre Ríos 1970-1972”
“Cuentos Regionales Argentinos”
“Cuadernos 1983 de la Asociación Literaria Nosotras”
“Cuentos para las catequesis”
“10 cuentistas de la Mesopotamia”
“Antología – Feria Regional del Libro”
“Libro de los treinta años”
“Literatura para vos”

Una opinión

El autor destaca una loable madurez, logrando en estos cuentos y relatos un equilibrio unitivo en el que son factores parejos la calidad del lenguaje, el registro comunicativo y el rigor de síntesis . . . Es evidente en Carlos Sforza ese don creativo de ver, sentir y revestir de magia el mínimo capítulo cotidiano . . .

P. H. Diario “La Prensa”, Buenos Aires.

 

 

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