Milonga para el Quinto Cuartel

Como una vida deshecha por algún destino cruel
está hoy el Quinto Cuartel con sus callejas estrechas,
más bien parece una brecha caprichosa en su trazado,
barrio cerril y olvidado que entristece al visitante
que va a conocer lo que antes, fue tan rico y ponderado.

Sus primitivas caleras parecen cráteres muertos,
más no de un volcán desierto sino de un barrio que otrora,
fue la fuerza propulsora del porvenir victoriense
por eso dirá el que piense: lo que es este barrio ahora.

Callejas en diagonales que imitan pueblos de Europa,
calles que fingen la popa del barco que a un inmigrante
trajo a través del Atlante a la América soñada
para dejar cimentada su voluntad de gigante.

Bocas que ya enmudecieron con sus caleras en ruinas
viejos cerros y colinas con calles a la europea
por donde el sol juguetea con piedras y enredaderas
como si el tiempo estuviera patinando aquellas ruinas.

Barrio extraño y primitivo que creo don Carlos Reggiardo
el pionero más gallardo del progreso de Victoria
para quien guardan la gloria los vecinos del lugar
que aún se suelen santiguar al evocar su memoria.

En el silencio nocturno cruza su región marina
con magna fuerza latina el alma del italiano
que llegó al suelo entrerriano a conquistar la fortuna,
y fundar su nueva cuna en el suelo americano.

Por eso el Quinto Cuartel es un barrio “a la italiana”
como una estampa lejana de la Italia de otros tiempos,
que hoy evocara algún cuento de las leyendas aldeanas
solo que aquí es entrerriana, la vida y su sufrimiento.

Es muy hermoso el paisaje ¡pero hay miseria notoria!
El pobre calla su historia de esperanza y sufrimiento,
y convierte en aposento a las ruinosas caleras.
¡Pobre gente, cual si fueran, los fantasmas de algún cuento!

Si no vuelve el prominente impulso de tu Señor
a sacarte del dolor, de tu abandono y pobreza,
yo he de bajar mi cabeza apenado por tu suerte,
y no he de volver a verte ¡por no morir de tristeza!

Autor: Argentino Cejas

La final entrerriana de Fútbol que se definió… ¡por una moneda!

Hay determinados momentos de la vida que parecen olvidados por el paso del tiempo pero que subyacen en algún rinconcito de la memoria y afloran con intensidad cuando menos los esperamos.

En el año 1964 ocurrió un hecho deportivo que seguramente muchos nostálgicos de aquel tiempo deben tener presente.

Se disputaba nada menos que la final de la Zona Entre Ríos del campeonato organizado por el Consejo Federal de Futbol Argentino entre los seleccionados de Paraná, que ostentaba el título de campeón, y Victoria que venía de eliminar a Concordia.

En el encuentro de ida jugado en Victoria había triunfado la representación de dicha ciudad por 1 a 0, por lo con solo empatar en el partido de vuelta la misma pasaba a la ansiada siguiente fase nacional para enfrentar a ganadores de otras provincias.

El partido definitorio se jugó el día 28 de Junio del citado año en cancha del Club Paraná, en el barrio San Martín de la capital entrerriana, con jugadores de mucha jerarquía por ambos bandos según las siguientes formaciones. Liga Paranaense: Pedro Musich, José Blasón, y Alfredo Ferreyra, Elbio Zalazar, Enrique Román y Andrés Bialle. Pedro Todoni, Miguel Sabena, Angel Omarini, Ramón Cabrera y Carlos Fernández. Liga Victoriense: Gregorio González, Lucas Blanco y Jacinto Ruiz Díaz, Raúl Zalazar, Rodolfo De la Cruz, y Antonio González, Francisco Benítez, Rubén Latorre, Pedro Estévez, Luis Frutos y Néstor López. El árbitro fue el Sr. Antonio Salgueiro.

En el desarrollo del juego el equipo de Paraná fue superior y triunfó por 4 a 0 (con 3 goles de Ramón Cabrera y 1 de Angel Omarini).

Así las cosas, en el cómputo general había ganado un partido cada representación, y el reglamento de entonces no contemplaba definición por diferencia de goles sino que establecía que debía jugarse esa misma tarde un tiempo extra de 30 minutos.

En ese suplementario hubo una acción emotiva: a los 12 minutos hay penal en favor de Paraná; parecía que se “venía la noche” para los victorienses, pero el remate de Andrés Bialle es muy bien rechazado por el arquero Gregorio González, que también se luce ahogando el grito de gol tras posteriores rebotes.

Se llegó a la final de ese alargue sin goles, lo que determinó que se recurriera a la vía de los penales; en ese tiempo ejecutaba un mismo jugador, cinco remates por bando.

Alfredo Ferreyra por Paraná convierte tres y los dos restantes resultan desviados, mientras que Raúl “Grete” Zalazar por Victoria, igualmente convierte tres y los otros dos son contenidos por el experimentado arquero Pedro Musich. Persistía la igualdad y todo era emoción y suspenso.

Volviendo a la faz reglamentaria, la norma de esa época no establecía que debía continuarse con la tanda de penales hasta que surja el ganador, sino que, ya en esa instancia, debía dirimirse el pleito ¡por una moneda!

Y así fue nomás con toda la expectativa que ello originó, y el azar determinó que el sorteo por esa vía fuera favorable a Paraná. Mucho júbilo en la capital entrerriana, mientras que en Victoria quedaron los comentarios del mundillo deportivo que hacían referencia a que “la moneda tenía dos caras” (en el sorteo el elenco de Paraná había elegido precisamente el anverso) un poco jocosamente, pero más que nada para descargar la bronca por la falta de suerte.

Cosas del fútbol de otro tiempo, con equipos que se habían brindado por entero, con tesón e hidalguía, y que finalmente tuvieron que aceptar el veredicto de algo tan fortuito como caprichoso: el revoleo de una simple moneda.

“Los recuerdos no mueren”. Asoc. de Victorienses Residentes en Paraná.

El Quita Penas

Este verso en hora buena con gratitud y alegría
no es burla, ni mi porfía, es un dolor que me apena
reminiscencia en escena aunque en Victoria no exista,
aquella famosa pista que se llamó “Quita Penas”.

Venían del arenal, y del Cerro de la Matanza,
5to. Cuartel se abalanza,  no se tiene por igual,
la orquesta ocupa el sitial, Zanardi a todo vapor
Coco Vera el locutor “La Bestia del Litoral”.

Era Saravia aquel dueño que a veces el fuelle tocaba
aquel lugar se llenaba parecía que era un sueño,
Juanillo, lo mas risueño con doña Lola danzaba
y la Perdiz se asombraba, también la Pescao con Sueño.

Rama Negra y su guitarra, y aquí el versear descompongo
le cantaba a la Mondongo, jediendo su voz a parra,
la invitaba pa’ una farra en el bulín del Carpincho
y que fuera la Kilincho, la Cateca, y la Chicharra.

Culo e’ Trapo era el cantor, Kililo Baéz… bandoneón,
la Chona con la Tizón, la Brinco y el Domador,
la Gallo con Picaflor no iban nada en la parada
y en ofertas las Cuadradas por el arte o por amor.

Era un bailongo de antaño donde se ataban los pingos,
jueves, sábado y domingo en un farrear sin tacaños,
llegaba Cunda Castaño con sus Nenas al montón:
la Sergia, la Sacudón, y la Zorra con sus años.

Motita y los Arredondo por el trago guitarreaban
pero jamás se peleaban, como los chanchos, orondos.
En esta copla no escondo mención especial pal’ vino
y a la mentada Pingüino sin arandela y sin fondo.

Bailaba a toda vela la Bonicha y el Sodero
también el Rengo Banchero, el Zaino, y la Mortadela.
Dando cátedra y escuela la Patito daba gusto
la Julia Cota era un susto, y algunas ya eran abuelas.

No quiero dejar de lado la Catorce y la Mascada,
la Becha y Juanita Almada, la Sábalo y su reinado.
La Godoy se había mareado, cerveza o tinto es la duda,
segura la Tartamuda se lo amuraba a Machado.

Se destacó don Peretto, un gran pintor rosarino,
y el gran Puchito Caminos que mucho serenateó,
la Teta e’ Fierro, ¡mi Díos! con esas cosas divinas,
y la Talón con Espinas con su Ramón se mamó.

En estos versos contrahechos, la Pato García… adelante
y atrás va Garrón Tirante que no camina derecho.
La Naranjo, ya era un hecho para los tantos mirones,
la Libertad entre los sones de Vejiga y el Pelecho.

La Turca Tillar se afana por chusmear con las Tapones
y entre tantos empujones, Pololo, Tilín, y el Rana.
La Esmeralda ríe con ganas con el Zorzal por sus besos,
Santiago, manao va preso, Juana la Larga lo encana.

Se chupaba hasta el más fuerte, toda mesa es un jolgorio
y se declara Gregorio, Almada Goyo  sin suerte.
Manuela quiere tenerte sin que sepa Verijón
y celosa la Cañón lo amenazaba de muerte.

La Dionisia y la Monjita me golpean la memoria
linda crema que en Victoria su gran historial me grita.
Recuerdo a la Medallita y su tragedia aquel día,
también la Pistola Urquía, y al homosexual Cotita.

Deje el decreto a un costado, Doctor Cesarego, insista,
abrir de nuevo la pista que a concurrir fue tentado.
Aunque muchos son finados seguro que hoy un montón
perciben jubilación y esperan bailar sentados.

Me despido a y la par, si hay resentidos, perdón;
ruedan perlas de emoción, Quita Penas en mi versear
“sepalón” disimular, no es ofender lo que quiero
y nuevamente reitero, que me sepan disculpar.

Autor: Jorge Enrique.

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