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Spiazzi

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Martín del Pospós
    Martín Luis Spiazzi nació en 1905 en San José, Departamento Colón, provincia de Entre Ríos, pero pasó la mayor parte de su vida en la ciudad de las siete colinas. Vivió en el ambiente rural natal hasta que a los 14 años ingresó en el Monasterio del Niño Dios de Victoria. Ordenado sacerdote en 1930 con el nombre religioso de Padre Gregorio, cumplió funciones pastorales en diversas zonas de Victoria; debe destacarse especialmente la labor que realizó en las islas.
    En 1960 fue designado cura párroco, cargo que desempeñó hasta su muerte, ocurrida el 28 de diciembre de 1967.
    "El país de los chajás", con ilustraciones del artista plástico Raúl Domínguez, fue publicado en Rosario y obtuvo el Premio de la Dirección General de Cultura de la Nación, Zona Mesopotámica, Trienio 1957-1959.
    "En el corazón de la Isla del Pillo, sobre la margen derecha del arroyo de la Camiseta", en ese escenario y en torno a él se desarrollan las escenas que se describen en la obra, producto de una aguda observación del ámbito natural y de las personas que lo habitan, su psicología, sus costumbres. La obra está dividida en dos partes: "Bajante" y "Creciente"; cada capítulo es una estampa, en la que el autor nos va dando su visión de ese mundo agreste que sabe pintar con fuerza y colorido, mediante una lengua caudalosa y cuidada que, cuando es necesario, incluye las formas expresivas características de la región. La adjetivación es muy abundante, en esa prosa rica en imágenes sensoriales, comparaciones y metáforas, cuidadosamente elaborada por Spiazzi.
  "Desde el fondo del día viene llegándole a la isla, al soslayo
de las aguas, un pálido embrujo de luces remansadas, como
un decorado en oro amurallado el ruedo de la tarde. Y, junto
con él, llega también el mareante perfume de un embalsado
de camalotes todo en flor.
Es un aroma suave, acidulado, sutil, penetrado de frescores
acuáticos y de destiladas esencias de limos vegetales. Un olor
que parece compuesto de río, de algas, de savias, de flores, de
pájaros, de luna; de todos los limos, todas las savias y todas las
flores que pueblan las islas. Un olor alucinante, de inmensidad,
de soledad, de vientos, de cielos inabarcables, que avasalla los
sentidos y exalta la sangre en una emoción de isla, una
embriaguez de isla, un mareo de isla."
 
    Alguna vez, en el diario "Crisol", intentando despejar la confusión entre verso y poesía, Spiazzi escribió: "Con el término verso se designa más bien la estructura exterior de la composición, el instrumento verbal y expresivo. La palabra poesía, en cambio, hace referencia a algo mucho más hondo, mucho más entrañable". Ambos, verso y poesía, se asocian en la siguiente composición, en la que el poeta, que parece respirar sólo para cantar la belleza del paisaje, expresa un ansia irrefrenable de identificación con la naturaleza:


Bibliografía:
- Izaguirre, Héctor César: Spiazzi, Martín Luis. En la "Enciclopedia de Entre Ríos". Tomo VI. Arozena Editores, Paraná (Entre Ríos), 1987.
- Sforza, Carlos: "Martín del Pospós-Hombre, sacerdote, escritor-" Ediciones Victoria. Victoria, Entre Ríos, 1973.


Obras

"Un forjador de almas", semblanza del primer abad benedictino de Victoria, impresa en los Talleres Gráficos San Benito, Victoria, 1956
"La epopeya del monte (Leyenda del monte de los ombúes)", cuadernillo en verso, inédito.
"Tierras bravas", obra inconclusa en la que aparece la labor de los inmigrantes y sus descendientes en el campo entrerriano
"Aguas rojas". Pensada como una novela sobre las pesquerías y el drama de los pescadores, quedó inconclusa
Relatos: "Coraje" y "Valseando con corte" fueron publicados en revistas y periódicos; otros tres permanecen inéditos
Artículos de crítica literaria, publicados en diarios de Victoria y en la revista "Didascalia" de Rosario, Santa Fe.

Una opinión

"Tiene [. . .] un intenso sentido de la poesía del
paisaje, que lo lleva a hacer pequeños poemas
descriptivos de sabor virgiliano
".

Leonardo Castellani

 

 

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Fenómeno OVNI

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     Desde 1991 a la fecha, ha cobrado impulso en Victoria un curioso fenómeno, del que se tiene conocimiento desde  tiempos remotos: la observación  de Objetos Voladores No Identificados (OVNI).

Galería de imágenes

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     La tradición oral, mezcla de realidad y superstición, relata la aparición y desplazamiento de extrañas luces en el cielo nocturno desde épocas antiguas.
Una obra inquietante -escrita en el año 1956- es la que plasma el sacerdote Gregorio Spiazzi, bajo el seudónimo “Martín del Pospós”, en su libro “El País de los Chajás”, que describe la vida de los isleños en el delta del Paraná:

“... Regresa ahora la barca cazadora, navegando aguas arriba por el arroyo de la Camiseta.
Los barqueros, sentados en la borda, con el busto rudamente encorvado, han vuelto a concentrarse en un mutismo ríspido, sombrío, cortado tan sólo de tarde en tarde por algún diálogo monosilábico, que se disuelve enseguida.
De pronto Don Quelo señala con el brazo pesado, a la distancia, sobre la costa, un resplandor escarlata.


    -¿Ven?
    -Vemos...
    -¿Un jogón?
    -Se me hace qu’ ej’ una luz...
    -Continúan en silencio.


Al quebrar una vuelta del arroyo, junto a un embalsado de lampazas y aguapés, la embarcación se detiene.

Don Quelo clava verticalmente el cuchillo en el castillete de proa y observa, haciendo mira con la hoja inmóvil.


    -¿Se mueve?- inquiere expectante Don Tano.
    -No se mueve.
    -Entonces ha de estar adentro di una ranchada.
    -Po’ estos laos no hay denguna ranchada- afirma Don Cleme.
    -No hay denguna ranchada- ratifican, a par, Don Tano y Don Quelo.

La luz es viva, con temblores de cobre, redonda como un globo, y semeja que estuviera suspendida en el aire, a pocas varas del suelo, sobre el fondo opaco de la noche.
A medida que avanzan, diséñase más clara y más nítida. Las pupilas de los barqueros brillan con extraña ansiedad, en la oscuridad, como en la estupefacción de un misterio.

    -Tiene color de sangre- asevera Don Tano.
    -Tiene color de sangre- corrobora, hosco y amargo, Don Severo.
Hay una pausa, un silencio lúgubre, cual si de repente sintieran todos el vuelo de un pájaro agorero, que pasara rozándoles las sienes.
La embarcación se desliza leve y tranquila, arrimada a las tapias de la costa. Las varillas remedan en las bandas sones glaucos. Los estrobos de los remos, el frisar en los toletes, tienen un quejido de sollozo.
De súbito, la luz levántase en la noche, cual si alguien la soltara. Mantiénese así, quieta, unos instantes. Y luego, en vuelo velocísimo, recorre el contorno de la laguna; y, en llegando al punto de partida, sumérgese como un pantallazo en las aguas, y se esfuma por completo.
Don Quelo se santigua. Don Tano se santigua. Don Cleme se santigua.

    -Anima bendita que andas penando, Dios te haiga perdonao- susurra con voz solemne Don Severo, santiguándose también...
Pasan ahora frente al sitio en donde se encontraba la luz.
Ningún rastro de lo ocurrido: ni huella de persona en el barro de la costa, ni resto de fogón.

-Lo mesmo se vido antes de la gran creciente del catorce- advierte Don Severo.
Y continúa, cual si ante sus ojos se descorriera el velo de una vieja pesadilla:

    -Lo estoy viendo patente toavía..............


Había sido una noche como ésta.
El cielo estaba oscuro; el río estaba oscuro; la isla estaba oscura.
Don Severo encontrábase a bordo de una lancha pescadora, de las que trasmallan en la noche alta, cuando el pescado grande sale de caza.
Eran seis varones, todos de temple y correa; hombres de agua y de isla.
Los nocturnos pescadores habían calado el mallón de tres telas y descendido a tierra; en donde encendieron un fuego al reparo de la barranca.
De pronto, parecióles sentir un rumor de pasos apagados de alguien que cruzara junto a ellos; y, al mismo tiempo un gemido lastimero, como de una persona que llorara.
Sin embargo, ni un tallo se movía en la maciega inmóvil; y, al resplandor de las llamas, veíanse tan sólo los seis pescadores sentados en el suelo, mientras tomaban mate y atizaban las brasas.

Levantáronse a observar... Y he aquí que por el río adelante vieron que venía avanzando, a velocidad inaudita, una lancha pesquera, que enarbolaba al tope del mastelero, como una bandera roja, un globo de luz potentísima.
No se oía ruido de motor, ni batir de remos ni de palas. Pero el globo rojizo coloreaba todo el río con reflejos sanguinolentos, y encendía hasta muy lejos las grandes soledades de la noche.
Sobrecogidos de sorpresa, corrieron a levantar el mallón para dejar paso franco a la extraña embarcación.
Pero apenas terminaron de recogerlo, en el momento en que la potente luz parecía que iba a echárseles encima, bañándoles el rostro y deslumbrándoles la vista, apagóse de súbito. Y no se vió más ni se oyó nada más en toda la noche...

No estaban dormidos ni borrachos. Eran seis varones de agua y de isla. Y cada uno podía jurar que sus ojos no lo habían engañado”.

     A comienzos de la década del 90, la gran cantidad de avistamientos originó que los medios de comunicación nacionales e internacionales se hicieran eco de los testimonios registrados por sus colegas locales, quienes en varias oportunidades obtuvieron sorprendentes imágenes audiovisuales de los sucesos.
     Actualmente, investigadores de campo locales continúan recolectando evidencias de la existencia de los misteriosos objetos celestes.

 

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El triciclo

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El triciclo

    Yo era un niño. Quizá tendría unos cinco o seis años. Mi pasatiempo favorito era dar vueltas, sobre el triciclo, en torno a un viejo laurel de jardín que había en el patio de mi casa.
    Mis desvelos no transitaban por otros carriles. El juego y el cariño de mamá. Al lado de ella, la figura segura, respetada, querida, de mi padre. Mis hermanos eran mayores que yo. Eso habría una especie de abismo entre ellos y yo. Sólo una caricia en la cabeza o en la mejilla y a otra cosa.
    Vueltas y vueltas daba en torno al laurel. Cuando las flores comenzaban a caer, causa invariable de los reniegos de mi madre, el andar se hacía más pesado, más lento. Era como si estuviera atravesando un médano en el que la arena dificultara el avance. En cambio, y era la mejor época pienso, cuando las flores aún estaban en los gajos del árbol, con ese colorido rosáceo que contrastaba con el azul del cielo, mi tránsito arriba del triciclo se hacía fluido, veloz. Era como si estuviera encaramado en una motocicleta de esas que veía dibujadas en el Tit-Bits, y acelerara y disminuyera la marcha, sintiéndome uno de esos personajes que mi imaginación niña creía conocer aunque no alcanzara a leer lo que decían en las tiras de la revista.
    Una de esas mañanas, en que como siempre andaba montado en el triciclo, vi movimientos desusados en casa. No supe qué pasaba. Nada, nada pasa, creo que me dijo mi madre. Pero no era habitual. Sólo alcanzo a recordar, con el tiempo se hacen vagas las imágenes, que se me dijo que dejara tranquilo el triciclo y me pusiera a hacer alguna tarea en un cuaderno de dibujo.
    Obediente, lo hice. De reojo, a eso lo tengo bien grabado en la memoria, miraba el triciclo y añoraba mis andadas sobre él, pedaleando y maniobrando con destreza en las curvas que cada vez se hacían más cerradas en torno al laurel. Pero debía obedecer las órdenes porque algo no estaba en orden.
    Lo supe a la tarde cuando mamá y papá se pusieron la ropa dominguera y salieron. Uno de mis hermanos creo que fue quien me dijo que había muerto un tío. La muerte, para mí, era algo desconocido. Un accidente más, sería en la vida de un chico como entonces era yo. ¿Y por una muerte se me privaba de andar en triciclo? Cosas de los grandes sería. Y había que aceptarlo.
    Pasó el tiempo como pasa todo. Y la muerte, de otra forma, me tocó en otras ocasiones. Uno, con el correr de los años se acostumbra a esa compañera inseparable, como nuestra sombra, que va siempre al lado de nosotros. Hubo lutos rigurosamente guardados, con el brazalete negro en la mano izquierda, con una tira negra pegada en el ojal del saco. Hubo algún llanto. Y a seguir adelante. Porque, como cuando era chico y daba vueltas en torno al laurel, montado en mi triciclo, la vida debe continuar. Siempre lo oí decir a los mayores. Y cuando uno se hace mayor aprende que es así. Hay que hacerle frente a las contingencias y continuar, continuar...
    Me fui de la ciudad cuando tuve que arreglármelas solo para abrirme paso en la vida como me dijo mi padre cuando me despidió en la estación del ferrocarril. Y sí, debía abrirme paso. Lo hice en Paraná. En un negocio, con la consideración y el respeto del propietario que a los seis meses me había aumentado el sueldo "por el empeño puesto en el trabajo" dijo pomposamente.
    Después seguía andando. Como cuando lo hacía en el triciclo. En Rosario me empleé en una cooperativa y como traía buenos antecedentes y no era malo para el trabajo, también logré un ascenso y unos pesos más. Hasta me di el lujo en algunas oportunidades de girarle una ayuda a mamá. A esa altura de mi estada en Rosario, mi padre había muerto y mamá, apenas si gozaba de una magra pensión por los aportes que había hecho papá como empleado de la municipalidad.
    Siempre sentí una atracción especial por visitar los cementerios. No sé por qué pero el ver los monumentos, las grandes tumbas, las lápidas con inscripciones a veces grotescas, otras emocionales, algunas esperanzadas, varias escépticas ante el final de todo lo que camina. Y, entre los recuerdos lejanos, algunos panteones con puertas con vidrios transparentes que dejaban ver los féretros, las mantillas con bordados sobre la madera, y en algunos casos, alguna momia que, desde detrás del vidrio, transmitía miedo, pavor y a veces, repulsión.
    Cuando ya estaba radicado en Buenos Aires visité muchas veces La Recoleta y otras tantas La Chacarita. ¿Espíritu necrófilo el mío? No lo creo. Curiosidad, simple curiosidad.
    Tal vez inculcada, inconscientemente, cuando a mis cinco o seis años, por primera vez me golpeó la muerte privándome de mi juego favorito: dar vueltas sobre el triciclo en torno al laurel del patio de mi casa. De esa etapa en Buenos Aires data mi afición por la lectura de la Biblia. Contribuyeron unas charlas que escuché en los Cursos de Cultura Católica y que me impresionaron mucho. Me compré un ejemplar de la Biblia y lo leía a la buena de Dios. Es decir, abría en cualquier página, y allí me sumergía. Es claro que no era lo más apropiado, pues se requiere, según pude saberlo después, una lectura ordenada, para comprender el plan divino, como dijo un jesuita en una de las charlas a las que asistía.
    Volvía de una de mis habituales visitas a la Recoleta, donde me había detenido para ver en detalle el peristilo, había recorrido sus calles interiores y admirado las obras de arte que se encuentran en muchas bóvedas y me había impresionado por la variedad de estilos arquitectónicos que existe allí, cuando, como era habitual, tomé la Biblia y la abrí al azar.
    Justo en el Eclesiastés leí: "Palabras de Cohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! -dice Cohélet- ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?". Y me di cuenta de que acababa de regresar de un lugar donde todo es vanidad, el peristilo, las calles, las bóvedas, las obras de arte, y más adelante encontré escrito en el mismo libro:

       "Todo tiene su momento, y cada cosa
       su tiempo bajo el cielo:
       su tiempo el nacer,
       y su tiempo el morir"

    Pura vanidad. Somos polvo y al polvo debemos ir. La muerte tiene su tiempo y en tiempo de una muerte tuve que dejar mi triciclo porque algo no común había pasado. El halo de la muerte había sacudido mi casa y el viejo laurel seguía igual, y el triciclo también porque no era su tiempo.
    Abandoné entonces mis visitas a los cementerios porque todo allí era vanidad. Los muertos estaban muertos. Polvo estaban hechos. Sumidos en el polvo del que habían nacido. Ya me tocaría a mí seguir ese camino. Todo en marcha, como cuando daba vueltas y vueltas en el añorado triciclo.
    Tuve que regresar a la Chacarita para acompañar a un amigo. Juan Elpidio González, compañero de trabajo y con quien compartíamos las salidas los fines de semana me pidió que fuera con él pues debían reducir los restos de su padre que había muerto hacía cuarenta años y debía dejar libre el nicho en que estaba colocado el féretro. No me gustaba la idea pero, por encima del gusto, estaba la amistad. Y acepté acompañarlo.
    En el trayecto me contó que su padre había muerto de un ataque al corazón. Que lo habían colocado en el ataúd y sobre su pecho, Rosa, la hermana menor de mi amigo, le había colocado una rosa roja. Pensé en que veríamos el polvo de los huesos del padre de Juan Elpidio. Y me imaginé la rosa, mustia, o, más que mustia, desaparecida porque todo tiene su tiempo en el tiempo, recordaba las palabras del Eclesiastés.
    Fue un trabajo lento, en que los empleados encargados de exhumar los restos del cadáver, trabajaban con desgana, acostumbrados a esos menesteres, como una cosa habitual.
    Yo sentía una aprensión ante lo que veía. Pero por amistad y no por gusto, participaba de la ceremonia. Pobre papá, creo que dijo mi amigo, debe ser puro polvo. Lo colocaremos en una urna y listo. Listo sí, pensé. Miré los monumentos de La Chacarita y pensé en La Recoleta y hasta en el cementerio de mi pueblo, allá, entre lomadas, en Entre Ríos. Pura vanidad. Las palabras del Eclesiastés rondaban en mi mente.
    Cuando destaparon la caja y quedó a la vista el interior mi amigo se aferró fuertemente a mi brazo. Y yo no pude acallar una exclamación.
    Allí, entre las puntillas roídas del interior, estaba el cuerpo del padre de mi amigo. Intacto, con el rostro cadavérico sí, de un color aceitunado los ojos cerrados, un poco de barba en el mentón, los cabellos cenicientos y, lo que parecía cosa de no creer y no lo hubiera creído si me lo hubieran contado, era la flor. Una rosa roja, intacta, como recién arrancada, estaba sobre el pecho del cadáver. Cuarenta años hacía que el padre de Juan Elpidio González había muerto y que la hija, de nombre Rosa precisamente, le había colocado esa flor sobre el pecho. Y allí estaba. Lo taparon enseguida y lo volvieron al nicho.
    Salimos. Sin hablar. Nos despedimos en silencio. Regresé a la pensión y sentí que algo no encajaba en todo esto. Hay un tiempo para cada cosa. ¿Cuál era el tiempo de la rosa? ¿Cuál el tiempo de los muertos? Será que todo sigue y sigue girando... El triciclo y el continuo pedalear y el girar y girar en torno al laurel. ¿Cuándo uno realmente se detiene? Vanidad y vanidad y vanidad. El mundo sigue. Y a los muertos hay que dejarlos en paz, tal vez. ¿Milagro lo de la rosa? No sé. A esta altura, solo, he decidido pedir que me admitan en un monasterio cistercense. Debo prepararme porque mi pedalear, mi andar sobre el triciclo me acerca cada vez más al gran misterio, a ese que nos acompaña desde que nacemos, que es como nuestra propia sombra y del cual, si es verdad lo que dice la Biblia, cuando sea el tiempo, regresaremos.